—Vamos a repasarlo una vez más antes de que lo envíes mañana —le dije a Cristian, por videollamada, un lunes por la tarde.
Fuimos documento por documento. Memoria, presupuesto, anexos. Todo parecía en orden hasta que llegamos al presupuesto de uno de los proveedores.
—Cristian, la memoria dice 8.200 euros para esta partida. El presupuesto adjunto dice 8.540.
—Uy. No me había dado cuenta.
—340 euros de diferencia. No es mucho, pero cualquier revisor puede pararse justo ahí.
—¿Lo cambio en la memoria?
—Mejor pide que te reemitan el presupuesto correcto, y lo sustituimos. Así no tocamos nada que ya esté bien redactado.
Veinte minutos después, teníamos el documento correcto. Cristian presentó su solicitud al día siguiente sin ninguna incidencia.
Lo que más me quedó de esa tarde no fue el error en sí —pequeño, fácil de arreglar—. Fue pensar qué habría pasado si lo hubiéramos visto la noche antes del cierre, sin tiempo para pedir nada a nadie. Por eso insisto siempre en revisar con, al menos, un día de margen. No porque vaya a haber un error. Por si lo hay.
