—Vicent, te llamo casi para despedirme —me dijo Óscar, con cierta incomodidad—. Nos ha llamado una auditora grande, con nombre conocido, y estamos valorando cambiarnos.
—Lo entiendo. ¿Puedo hacerte una pregunta antes de que decidas?
—Claro.
—Cuando te surja una duda un viernes por la tarde, ¿a quién vas a llamar? ¿Vas a hablar con la misma persona que firma tu informe, o con alguien de un centro de atención que luego te deriva al equipo?
Se quedó callado un momento.
—Buena pregunta. No lo sé, la verdad.
—En mi despacho, la persona que firma tu informe soy yo. Y soy la misma con la que hablas cuando me llamas un viernes por la tarde.
Óscar se quedó con nosotros. Meses después, un viernes por la tarde, me llamó con una duda urgente sobre una operación que quería cerrar antes del lunes. Se la resolví en veinte minutos.
—Esto es justo lo que me explicaste aquel día —me dijo al colgar.
No hice nada extraordinario. Simplemente, seguí siendo la misma persona al otro lado del teléfono.
