—Vicent, ¿alguna vez te has negado a firmar un informe? —me preguntó Bruno, mientras cerrábamos su auditoría anual, casi como curiosidad.
—Una vez, sí. No fue agradable.
Le conté el caso, sin nombres: una empresa donde detecté que una cifra clave del balance no se sostenía con la documentación que me habían entregado, y la dirección se negó a corregirla antes de la fecha de la junta.
—¿Y qué hiciste?
—Emití una opinión con denegada. Expliqué, por escrito, exactamente qué parte de las cuentas no podía confirmar como fiel reflejo de la realidad.
—¿Se enfadaron contigo?
—Mucho. Pero mi trabajo no es hacer que las cuentas queden bien. Es decir si reflejan la verdad. Si dejo de hacer eso, mi firma no vale nada, ni para ellos ni para nadie.
Bruno se quedó callado un momento.
—Menos mal que las mías nunca te han dado ese problema.
—Y espero que nunca te lo den. Pero si algún día pasara, preferirías que te lo dijera, ¿no?
Asintió. Fue la conversación que más me ha ayudado a explicar, en pocas palabras, para qué sirve realmente un auditor.