El 14 de noviembre, a las siete y cuarto de la tarde, Marta Bellver descubre que su ayuntamiento debe 2.400 euros que nadie ha presupuestado.
Lleva cinco meses de secretaria-interventora en Vallblanc. Trescientos ochenta habitantes, dos calles y un ayuntamiento con calefacción de gasoil que se apaga a las seis. Ha aprendido a trabajar con el abrigo puesto.
Sobre la mesa, la carpeta del proyecto. Ciento cuarenta y dos facturas. Setenta y ocho mil euros de gasto ejecutado, una subvención de setenta y cinco mil concedida en marzo y un plazo de justificación que vence pasado mañana.
Todo está pagado. Todo cuadra. Ha revisado las facturas tres veces.
El problema es la línea que está leyendo ahora, en el apartado noveno de la convocatoria:
«…acompañada de un informe de una auditora o auditor de cuentas inscrito como ejerciente en el Registro Oficial de Auditores de Cuentas.»
Marta lee la frase dos veces. Luego una tercera.
Nadie ha contratado a ningún auditor.
A las siete y media llama a la anterior secretaria, que ahora está en un pueblo de la costa y que descuelga al cuarto tono con ruido de televisión de fondo.
—El proyecto lo llevó la consultora —dice—. Nosotros solo firmamos.
—¿Y la justificación?
Silencio. Del otro lado, alguien baja el volumen del televisor.
—La justificación es tuya, Marta.
A las ocho y diez abre la memoria económica que se presentó con la solicitud. Cuarenta páginas. Va directa al presupuesto desglosado, esa tabla que nadie mira hasta que hace falta.
Y ahí está.
Partida 7: revisión de la cuenta justificativa. 2.400 euros.
Se le afloja algo en el pecho. La partida existe. Está dentro de los setenta y ocho mil del proyecto, así que la subvención la cubre al noventa y cinco por ciento. Al ayuntamiento le costará ciento veinte euros.
Respira.
Y entonces piensa: ¿por qué 2.400?
Llama a tres despachos a la mañana siguiente. El primero no coge el teléfono. El segundo dice que hasta enero, imposible. El tercero escucha, pregunta cuántas facturas son, cuánto gasto hay que revisar y si el personal propio está desglosado por horas.
Luego dice una cifra.
Mil quinientos euros.
Marta tarda un segundo en contestar.
—En nuestro presupuesto pone dos mil cuatrocientos.
—Ya. Pues justifique mil quinientos.
—¿Y los novecientos que sobran?
—No sobran. Es que no existen. Usted justifica lo que paga. Ni un euro más.
Aquí es donde hay que detenerse, porque Marta está a punto de hacer lo que hace casi todo el mundo: pensar que si el presupuesto dice 2.400, hay que justificar 2.400. Que si no, se pierde dinero.
No se pierde nada. Se justifica menos, y la subvención se ajusta a lo justificado.
Lo que sí se pierde, y para siempre, es la firma de quien certifique un gasto de 2.400 euros que en realidad fueron 1.500. Porque el informe del auditor acredita, entre otras cosas, la existencia y la veracidad de los justificantes. Y esa comprobación alcanza también a su propia minuta.
No hay nadie más en esa habitación. El que firma que el gasto es real es el mismo que lo cobra.
La explicación de los 2.400, cuando Marta la encuentra, es decepcionante y tranquilizadora a la vez.
La consultora que redactó el proyecto en enero presupuestó la partida a ojo, con una tarifa de otro expediente, de otro año, de un proyecto que tenía el triple de facturas. Nadie quiso engañar a nadie. Simplemente pusieron una cifra en una casilla para que el presupuesto cuadrara y siguieron adelante.
La mayoría de los problemas de este oficio no son delitos. Son casillas rellenadas con prisa en enero que alguien tiene que explicar en noviembre.
El 16 de noviembre, a las once y veinte de la mañana, Marta presenta la cuenta justificativa por la sede electrónica. Memoria de actuación, memoria económica, informe de auditor, certificado de la Sindicatura. Justifica 1.500 euros de auditoría, que son los que se han pagado.
Le sobran cuarenta minutos.
Se pone el abrigo. En Vallblanc la calefacción se apaga a las seis, pero hoy no le importa.
Abrió la memoria económica. Cinco minutos de lectura. Si la partida de auditoría no está en el presupuesto aprobado, la paga íntegra el ayuntamiento: la subvención se concede por importe fijo y justificar más gasto después no la hace crecer.
Comprobó que estuviera pagada dentro de plazo. Una factura emitida a tiempo pero abonada después no se imputa.
Justificó lo real, no lo presupuestado. Justificar de menos ajusta la subvención. Justificar de más abre un expediente.
Llamó con tiempo. No el suyo: el del segundo despacho, que le dijo que hasta enero nada. En noviembre todos los auditores del ramo están igual.
Si tiene una justificación en curso, la comprobación de los cinco minutos es esta: abra el presupuesto de su proyecto y busque la partida.
Si está, compruebe que el importe se parece a la realidad.
Si no está, hable con su intervención antes de que sea 14 de noviembre a las siete y cuarto de la tarde.