Cuando Nacho y su socio dejaron de hablarse directamente, cada uno con su abogado, me llamaron para valorar la empresa de cara a la salida de uno de los dos.
—Necesito que sea un número que no puedan tumbar en un juzgado —me dijo Nacho, en nuestra primera reunión, ya sin su socio presente.
Pasé tres semanas revisando balances, contratos, y el histórico de aportaciones de cada uno. Cuando entregué el informe, incluía algo que ninguno de los dos esperaba: una valoración que reconocía el trabajo real de Nacho en la gestión diaria, pero también el riesgo financiero que había asumido su socio al avalar personalmente un préstamo de la empresa.
En la reunión final, con los cuatro abogados presentes, nadie discutió una sola cifra del informe. Uno de los letrados me lo resumió así, al salir:
—Curioso. Es el primer documento de este caso que ambas partes aceptan sin pelear.
No era casualidad. No había defendido a ninguno de los dos. Había defendido, únicamente, lo que decían los números.
