
Recibí dos llamadas el mismo martes. Por la mañana, Rubén. Por la tarde, su socio, Damián. Ninguno sabía que el otro también me había llamado.
—Necesito que alguien valore mi participación —me dijo Rubén—. Llevo diez años metiendo horas en esta empresa y ahora Damián quiere repartir como si hubiéramos puesto lo mismo.
Esa misma tarde, Damián me contó su versión:
—Yo puse el capital inicial. Sin mí, esta empresa no existiría. Y ahora Rubén se lleva el mérito de todo.
Los cité juntos, una semana después, con los números ya analizados.
—Los dos tenéis razón en una parte —les dije—. Rubén, tus horas de gestión tienen un valor que la empresa nunca contabilizó como tal. Damián, tu capital sí generó un retorno mayor del que reflejan los libros, por una razón contable, no por mala fe de nadie.
Nadie salió de esa reunión sintiendo que había ganado. Pero ambos salieron con un número que los dos aceptaron como punto de partida para negociar la salida de Rubén.
Ese es, para mí, el verdadero valor de un informe pericial: no dar la razón a nadie. Darle a los dos algo en lo que apoyarse cuando ya no se pueden fiar el uno del otro.