Laura dirige una empresa de distribución en Valencia. La conocí en una reunión para hablar de otro asunto, y en algún momento soltó la frase que he escuchado decenas de veces: «Nosotros no necesitamos auditor, somos pequeños.»
—¿Cuánto llevais facturado este año? —le pregunté, casi de pasada.
—Unos 6,2 millones.
—¿Y el año anterior?
—Creo que 5,9.
—¿Cuántos empleados tenéis de media?
—Cuarenta y pico.
Hice el cálculo mientras ella seguía hablando de otra cosa. Con esas cifras, y con el activo que me describió después, Laura llevaba dos ejercicios seguidos superando los umbrales que obligan a auditar. No lo sabía. Nadie se lo había preguntado nunca con esos términos exactos.
—Laura, con estos números, tu empresa está obligada a auditar este ejercicio.
Se quedó pensando un momento.
—¿Y ahora qué hacemos?
—Nombrar auditor cuanto antes, con tranquilidad. Cuanto antes lo cerremos, con más margen trabajamos y menos prisas tendremos llegado el momento de formular las cuentas.
Nombramos el auditor esa misma semana. Nada urgente ni complicado: simplemente, una gestión que se puso en marcha en cuanto detectamos que tocaba hacerla.
Desde aquella tarde, cuando conozco a un empresario nuevo, hago esa misma pregunta en los primeros cinco minutos: facturación, activo, plantilla. No por curiosidad. Por si acaso hay que empezar a moverse cuanto antes.
