—Vicent, mi asesor ya me revisa las cuentas cada trimestre. ¿Por qué tengo que pagarte a ti también? —me preguntó Pau, con una franqueza que agradecí.
—Porque tu asesor y yo hacemos cosas distintas, aunque no lo parezca desde fuera.
—Explícamelo como si no supiera nada de esto.
—Tu asesor conoce tu empresa por dentro. Cada decisión, cada contexto. Eso tiene un valor enorme. Yo la miro desde fuera, sin ningún interés en que tus cuentas salgan bien o mal. Solo en que reflejen la realidad.
—¿Y eso a quién le importa?
—A tu banco. A un futuro socio. A cualquiera que tenga que confiar en tus números sin conocer tu empresa como la conoce tu asesor.
Pau se quedó pensando un momento.
—O sea, que tú no compites con él.
—Para nada. Yo aporto justo lo que la cercanía de tu asesor no puede darte: la mirada de alguien que no está metido en el día a día.
Meses después, cuando Pau negoció una ampliación de crédito, el banco no le pidió ni una explicación adicional al ver mi informe adjunto. Esa conversación de cinco minutos le ahorró semanas.
