
Cuando entré a auditar a la empresa de Cristina por primera vez, esperaba encontrar los típicos ajustes menores de un primer año. No encontré ninguno.
—¿Todo bien? —me preguntó ella, casi orgullosa, en la reunión de cierre.
—Demasiado bien —le dije—. ¿Quién lleva la tesorería aquí?
—Marisa. Lleva doce años con nosotros, es de total confianza.
—No lo dudo. Pero ¿alguien más revisa lo que hace? ¿Concilia otra persona el banco, o firma alguien más los pagos?
Cristina se quedó pensando.
—No. Marisa lo lleva todo ella sola.
Ese fue el verdadero hallazgo de mi primera auditoría: no un error, sino la ausencia total de una segunda mirada sobre la persona que gestionaba todo el dinero de la empresa. Doce años sin ningún problema no significaban doce años sin riesgo. Significaban doce años de suerte.
Cristina implantó, a partir de ese informe, una conciliación bancaria mensual hecha por otra persona. No porque desconfiara de Marisa. Porque ninguna empresa debería depender de que una sola persona nunca se equivoque, nunca esté de baja, y nunca tenga un mal día.