
La dana había arrasado con todo.
El local. La mercancía. La ilusión de años construida ladrillo a ladrillo.
Pero esta empresa había sobrevivido.
Había pedido la subvención. La habían concedido. Habían ejecutado la inversión.
Todo correcto.
Hasta que llegué yo.
Revisé las facturas. Correctas.
Revisé los pagos. Casi todos correctos.
Casi.
Una transferencia. Una sola. Fechada en enero.
El plazo de justificación terminaba el 31 de diciembre.
Cerraron por navidades. Un descuido. Dos semanas de diferencia.
En otro mundo, eso no importaría.
En el mundo de las subvenciones, eso es todo.
La normativa no tiene corazón. No distingue entre un olvido y una trampa. El pago tiene que estar dentro del plazo. Sin matices. Sin excepciones.
Ese importe estaba perdido.
Pero la subvención, no.
Reajustamos la justificación. Imputamos lo que estaba pagado en plazo. Reconstruimos el expediente.
La subvención se cobró.
Menos de lo esperado. Pero cobrada.
A veces ganar en subvenciones no significa conseguir el máximo.
Significa no perderlo todo por un pago que se fue de vacaciones.
¿Te ha pasado algo parecido?