Todo encajaba.
La factura: correcta. La fecha: en plazo. El concepto: bien descrito. El IVA: desglosado. El justificante de la transferencia: archivado.
Nada que objetar.
El expediente podía cerrarse esa misma tarde.
Hasta que miré dos veces el extracto bancario.
El IBAN del beneficiario no coincidía con el de la factura. Una letra distinta. Solo una.
Podía ser un error de tecleo. O algo más.
Pregunté.
El cliente no lo sabía. Llamó al proveedor. Y la respuesta llegó en treinta segundos.
La factura la había emitido la empresa. Pero el cobro había ido a la cuenta personal del administrador.
Detalle pequeño. Consecuencia grande.
Porque en una subvención, eso ya no es un pago a proveedor. Es otra cosa. Y deja de ser gasto elegible.
En una letra, se iban veinte mil euros.
Por eso miramos dos veces.
Porque la auditoría no es desconfianza. Es atención.
Y la atención, en este oficio, paga.
