Último episodio de la serie primer año de auditoría.
Una empresa holding. Participaciones en varias sociedades del grupo.
Balance con un activo que llevaba años sin moverse.
Llevaba cuatro años en el balance.
Un préstamo a una sociedad participada. Trescientos mil euros. Tipo de interés cero. Sin vencimiento definido. Sin garantías.
Clasificado como activo corriente.
El año anterior. El anterior. Y el anterior al anterior.
Sin provisión. Sin movimiento. Sin cuestionamiento.
Preguntamos por el estado del cobro.
La respuesta fue lenta.
La sociedad participada llevaba dos ejercicios con fondos propios negativos. Sin actividad relevante. Con pérdidas acumuladas.
El crédito era, en la práctica, incobrable.
Pero nadie había provisionado nada.
Porque hacerlo obligaba a reconocer una pérdida. Y eso empeoraba el resultado del ejercicio.
Durante cuatro años, nadie había hecho esa pregunta incómoda.
Hasta el primer año de auditoría.
Registramos la provisión. El resultado bajó. Los fondos propios también.
Y las cuentas, por fin, dijeron la verdad.

Eso es lo que hace la auditoría de cuentas.
No busca problemas. Los encuentra. Y cuando los encuentra antes de que lleguen solos, da tiempo a resolverlos.
Esa es la diferencia entre una empresa que sabe lo que tiene y una que lo descubre tarde.