
La fundación llevaba doce años funcionando.
Proyectos sociales. Donaciones privadas. Subvenciones públicas. Una trayectoria limpia y reconocida.
Y una única cuenta bancaria para todo.
Cuando llegamos al primer año de auditoría, pedimos la conciliación por proyecto.
No existía.
Los ingresos de tres subvenciones distintas, dos convocatorias de donaciones y los fondos propios de la fundación convivían en el mismo extracto. Sin etiquetas. Sin separación. Sin trazabilidad.
Cuando un organismo concedente preguntaba qué se había gastado con su dinero, la fundación respondía con buena voluntad y mucho Excel.
Pero no podía demostrarlo.
El problema no era que hubieran gastado mal. El problema era que no podían demostrar que habían gastado bien.
En el tercer sector, la confianza no basta.
Cada euro de subvención tiene que poder rastrearse desde que entra hasta que sale.
Una cuenta por proyecto, o al menos una contabilidad analítica real, no es burocracia.
Es lo que separa a una entidad auditable de una que vive con el miedo permanente a un requerimiento.