
La memoria del proyecto era sólida.
Presupuesto bien estructurado. Gastos elegibles bien identificados. Y una partida de cofinanciación propia que cuadrada perfectamente con lo que exigía la convocatoria europea.
Cofinanciación aportada en especie: horas de voluntariado.
Trescientas horas. Valoradas a doce euros la hora. Tres mil seiscientos euros que completaban el porcentaje obligatorio.
Todo en regla. Sobre el papel.
Pedimos las hojas de registro de los voluntarios.
Silencio.
Luego, cuatro folios. Nombres, fechas, horas.
Firmados todos por la misma persona. Con la misma tinta. El mismo día.
La asociación no había falsificado nada con mala intención. Habían reconstruido los registros a posteriori porque nadie les había explicado que el voluntariado como cofinanciación requiere documentación en tiempo real: hoja firmada por el voluntario en cada jornada, con descripción de la tarea y validación del responsable.
Un registro hecho de memoria, aunque sea exacto, no es válido.
Sin cofinanciación acreditada, el porcentaje exigido no se cumple.
Y sin ese porcentaje, la subvención europea no se justifica.
En el tercer sector, el voluntariado tiene un valor enorme.
Pero para que cuente, tiene que estar documentado desde el primer día.